Fotogalería

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mirando bonito

Mi cámara de fotos ha salido esta noche de marcha y ha vuelto con el zoom en erección y deslumbrándose a sí misma con el flash... según dice, así consigue mirar las cosas cotidianas de una forma más bonita.

Hombre, más peculiar sí que se ve que las mira, sí, pero yo para mí, que en lugar de entrar en un bar de pilas alcalinas, o en el chino de electrónica variada El Ley del Tlansfolmadol, esta se metió directamente en el centro de transformación del barrio, de Ibertrola y ahora ni con el efecto "ojos rojos" puedo hacer que mire normal para sacar una foto seria, que he de mandar sin falta al seguro.

-Bzzzziii, bzzziii- se tambalea la muy viciosa, haciéndo por mantener el obturador abierto, mientras la lavadora sigue vomitando espuma a mis pies.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Hoy

Hoy, por fin, después de 30 años de calvario, he conseguido deshacerme del cancer que padecía.

lunes, 19 de septiembre de 2011

In Memoriam Rufino de Propios

Hace quince años, cuando escribía articulos de opinión en la revista Apuntes de la Sierra, escribí uno que, a modo de homenaje, hablaba de los hombres y mujeres que con su esfuerzo y su resistencia, habían puesto en pie la sierra de Madrid, tal y como la conocemos hoy en día. Uno de esos hombres era Rufino de Propios y decía esto de él.


Me gusta que Rufino venga a verme a esa última hora de la tarde, que se siente conmigo en la tapia, los pies colgando a la puesta de sol y, me vaya desgranando su existencia entre sorbo y sorbo de cerveza. Rufino es hombre de gorra y de navaja. De almuerzo de pan con queso y madrugón.
-De los de mi quinta ya vamos quedando pocos- suele decir a menudo con los ojos aún soñadores y nublados de cataratas, puestos en la lejanía. Y en efecto ya nos van quedando pocos hombres como Rufino de Propios. A sus setenta y ocho años lo primero que sigue llamando la atención en él, es que un alma tan grande y tantas inquietudes juntas, le quepan en un cuerpo tan pequeño.
-Tampoco hay que exagerar ¿eh?, que pa ir al ejército servía.
Igual que todos aquellos hombres que se han hecho a si mismos, Rufino de Propios, o R. de P. tal cual gusta de firmar, tiene mucha mejor nota en la asignatura de la vida que el común de los mortales. Pero eso sí, como era la primera vez que se hacía, se salió un poco más corto de lo que le hubiera gustado. O sea, en plan resumen. Aunque por otra parte, eso también, fuerte como un toro, cualidad que por aquel entonces era muy valorada.
-A tu edad, piedras tal que como esa, un suponer- dice señalando un meño de dimensiones respetables que corona una tapia- me las movía yo con la punta del cimborrio.
Ahora, lógicamente, los tres cuartos de siglo que lleva a cuestas, le han doblado un poco las fuerzas y los hombros, y educado en la prudencia como soy, por lo otro ni le pregunto. Rufino tiene una sonrisa franca, enorme que le tapa toda la cara y se la llena de dientes y, los setenta y ocho años arrugados en mil pliegues cobrizos entre la gorra y las cejas. Cuando se queda inmóvil, lo que es bastante raro, parece un tronco viejo. Pero sólo lo parece por que, de verdad que cuesta creer que en apenas metro y medio de carne, se almacene tanta energía.
Este año, por ejemplo, con la misma ilusión que hace recibir una carta de la novia en la mili, esperaba a que empezara a caerse el otoño de los árboles para salir a buscar níscalos.
-También se llaman mízcalos-me explica- y en algunas zonas de pallá, pa los montes de Cuenca les llaman mízclos.
-Su nombre fetén-le digo yo- creo que es Lactarius Deliciosus.
-¿Lacta..que?- se ríe con su risa enorme- Si los llamas asín no salen. El níscalo es mu tímido y con ese latinajo se asusta y se queda bajo tierra hasta el año que viene...
-...Que es precisamente lo que debe estar ocurriendo este, por que no se ve ni uno- apostillo.
-¡Si es que no ha llovido na! - echa los brazos al cielo- Este año, lo regao por lo comío y lo pagao por lo servío.
Rufino tiene los ojos pequeños y algo juntos y, del ejército en el que sirvió durante seis años, entre el treinta y seis y el cuarenta y dos, se trajo dos tatuajes muy bonitos que adornan sus brazos (uno de ellos, es un ejemplar genuino de "Amor de Madre"). Mientras pienso en qué rayos habrá querido decir con todo ese galimatías del regao y lo servío, entro en casa a buscar otro par de botellines.
-Aquí los mozos, ahora le llaman botijos.
-Pues a por dos botijos, no se hable más.
Rufino es muy limpio, muy escrupuloso y muy, muy aprensivo. Por eso el segundo botijo se lo bebe a morro, igual que el primero, aunque un poco a escondidas de sí mismo y con sorbos más espaciados. Nunca ha sido un gran bebedor y jamás ha fumado, pero desde que el médico del seguro le dijo que tenía que empezar a cuidarse, se dosifica.
R. de P. comenzó su autoedificación muy pronto, en San Bartolomé de Pinares, provincia de Avila, pueblo en el que nació. De allí eran sus padres y demás familia y aunque desde hace mucho esta afincado en esta parte de la sierra y más en concreto en Collado Mediano, aún conserva por allí algunas viñas.
-La existencia- cuenta refiriéndose a su infancia- era entonces mu durísima y no se podía andar perdiendo el tiempo con tontunas. Nada se regalaba y había que crecer enseguida para ayudar en la casa.
Seguramente, esa debió ser la razón de que todo en su vida fuera siempre tan deprisa. De que dejara atrás la escuela y la niñez como si fueran una rémora molesta y de que a los nueve años él ya tuviera quince o dieciséis y pudiera empezar a pastorear las ovejas de los terratenientes.
-Salí del pueblo con doce abriles y, desde entonces no he hecho más cosa ninguna que trabajar como una mula.
De aquella escueta infancia que dejó a medias, le quedaron una caligrafía con ortografía bastante suigeneris, un leer tartamudo de eterno colegial y algunas palabras que se le mueven de sitio.
-Las plantas puen ser de dos clases, de interior o de posterior.
-Lo que tu digas Rufino. Oye, ¿tú cuantos tiros pegaste en la guerra?
-¡Uy, madre!- vuelve a reírse- La guerra me cogió a mi medio distraído con el rebaño y se terminó antes de que llegara a entenderla. Así que tiros, lo que se dice tiros, la verdad es que pegué pocos y todos a los conejos. !No veas que hambrunas pasábamos¡. Lo que sí que di en cambio, mira por donde, fue algún que otro sopapo. Eso sí. De joven era yo mu peleón.
- Me estas engañando Rufino. Yo sé que no fue así y que estuviste metido en todo el fregado.
Debajo de la gorra, en la oronda calva, tiene un picor que se rasca siempre que se queda pensativo. Al otro lado de la calva, bajo su piel de tronco viejo y sus toscas maneras, hay muchas cosas guardadas.
-Pues claro que pegué tiros hombre. A ver que iba a hacer si no. Me reclutaron cuando empezó el conflicto y me recorrí todos los frentes con las fuerzas de choque. Asturias, Cataluña, Teruel, Madrid, Guadalajara, Toledo, Bilbao... hasta bombas de mano llegué a tirar y todo.
Rufino gesticula con sus manos que todo lo dicen, con sus callos que tanto hablan y mientras nos repartimos un último rayo de sol, la mitad para cada uno, me cuenta cosas de los días en que trabajaba en el Valle de los Caídos y en Becerril. De cuando estaba empleado por el ayuntamiento, o era operario en la construcción. De los años que pasó como acomodador en el cine del pueblo, o haciendo de cantero, o de jardinero, o de lechero, o de peón caminero, o...
-En dónde no habré trabajado yo- se pregunta con una mano en la gorra como si se sorprendiera- En dónde no me habré buscado yo las lentejas...
Cuando terminó de hacerse a sí mismo, en vista de que no podía parar quieto, se hizo también su casa y escarmentado como estaba con las alturas, a esta, con trabajo y con paciencia, la hizo crecer dos plantas.
-Poco orgulloso que estas tú de tu casa ¿eh?.
-¡Anda leche!. Me la hice a mi medida. ¿A ver cuantos pueden decir lo mismo?.
Además de todo eso, aún tenía tiempo de ser guarda y jardinero de mi casa durante más de treinta años y, o bien desde la mía, o bien desde la suya que se ve, nunca ha dejado de vigilarla. La noche que a las dos de la mañana se echó fuera de la cama, se puso la ropa encima del pijama y del sueño y se vino con dos piedras en el bolso (bolsillo) a ver si estaban robando porque había visto una luz, se nos metió a todos en el corazón y ahí sigue todavía. (La luz, que todo hay que decirlo, era yo un miércoles cualquiera de mis veinte años, haciendo una barbacoa nocturna en la piscina con unas cuantos amigos). R. de P. se descubrió como una de esas rarísimas personas que no siempre se encuentra uno a lo largo de la vida, en la que se puede confiar ciegamente.
-Eso sí que es verdad. Por encima de todo y por sobre cualquier cosa, honrado a carta cabal.
Rufino vive solo y desde que se jubilo (si es que la gente como él se jubila alguna vez), cuando no está haciendo mejoras en su casa, en la mía, o en la de algún vecino, pasea. Si no, se va de viaje. Aunque no lo tenía muy ubicado en el mapa, hace unos años, aprovechando que uno de sus dos hijos vivía en Las Palmas, se dio un salto hasta Lanzarote, en donde estaba afincado yo y todavía me parece estar viendo su cara fascinada y sus ojos desorbitados, como los de un niño en un Parque de Atracciones.
-Mu terrible es esto. Mu terrible- decía contemplando el yermo paisaje del Timanfaya...

Rufino, como él dice, se recoge pronto. A pesar de que este otoño no traiga níscalos y parezca empeñado en disfrazarse de primavera, la noche también se viste deprisa con tules de penumbra en cuanto que el sol se escapa y la temperatura desciende sensiblemente.
Así que Rufino apura la cerveza y se apea de la tapia en la que empieza a tener fresco. Cuando aterriza, se cala la gorra, tira hacia arriba del cuello de la cazadora y se despide sin más rodeos. Claro, que él en realidad no se marcha, si no que se ausenta.
-Me ausento- dice y, con las mismas echa andar dejándote con Dios y con la palabra en la boca.
Camino adelante, hacia el pueblo, su figura se va haciendo cada vez más menuda y borrosa, hasta que se confunde con las sombras. Después de tantos esfuerzos, a Rufino le queda su casa sin nadie y la tele. Le queda una cena ligera y la cama. Y la satisfacción de saberse uno de los muchos pilares de carne y hueso, que con argamasa de tesón, sudor y sacrificio, contribuyeron a poner en pie la sierra. A hacer de ella el próspero negocio que es hoy para sus habitantes.
Mucho es lo que a la gente como Rufino se le debe por estos pagos. Y aunque su modestia no lo diga, ellos saben que a diferencia de otros que lo hicieron a golpe de talonario, o desde la comodidad de un despacho, su generación se llevó la parte más dura de esta tarea, y todo cuanto hicieron fue a costa de riñones y de callos.
- Pero no de los que engordan, ¿eh?, a ver si nos confundimos.
- No me confundo Rufino. Está todo muy claro.
- Ya vamos quedando pocos...

***
R de P se ausentó para siempre el pasado 15 de marzo, a los noventa y tres y dentro de muuuchos años, cuando ver la televisión sea sólo un vergonzoso recuerdo del pasado y hayamos dejado de considerar como héroes y ejemplos a imitar a entes tan desafortunados como el chulo pelotero C. Ronaldo, o al pútrido E. Botín, volveremos nuestras miradas hacia personas como Rufino de Propios y aprenderemos de ellos lo que es vivir con dignidad.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Pedriza




























































































"Tórrido mes de septiembre en la sierra de Madrid"... "Registros termométricos inusitados para estas fechas"...


Hay que ver lo que se complican la vida los metereólogos para decir que hace un calor que te vas en churretes. En cualquier caso, lo mejor para los churretes del calor, sin duda, es el agua fresquita y mejor aún que el agua fresquita de un grifo, el agua fresquita de un río murmurando con las piedras. Hoy no hay dibus, hoy sólo hay fotos de murnullos fresquitos que hice ayer en el curso alto del Manzanares, donde aún nadan los peces, la piel del agua es de seda y las piedras flotan.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La Tormenta ( cuento infantil)

La tormenta entró por el este una mañana, un poco antes de que lo hiciera el sol y se quedó todo el verano en el valle, rebotando de colina en colina.
Al principio era pequeña, compacta. Un bebé de tormenta inseguro y variable, que sonrosaba u oscurecía su piel de nube, probándose, descubriéndose a sí mismo sus capacidades. Y seguramente sorprendida con el poder que desataba en su interior, todos los días durante media hora de la tarde, descargaba sobre nosotros sus esfuerzos infantiles en forma de lombrices luminosas y amortiguados retumbos, que se parecían más a una vibración que a un ruido. Y todo salpicado, rociado más bien, con frescas gotas diminutas, que después dejaban minúsculos charcos en el suelo.
Recobrando el tono rosa, encogiendo y dilatando sus bordes como si resoplara, se quitaba entonces de delante del sol y esperaba a que el calor evaporara los charcos para reabsorber su humedad y poder comenzar de nuevo los experimentos. De esta forma, un día tras otro, a lo largo de julio y agosto, fue explorándose a sí misma en cada rincón del valle, perfeccionando el grosor de sus lombrices e imprimiendo a sus retumbos un tono cada vez más modulado.
Contra la lona de las tiendas en las que estábamos acampados, podíamos comprobar también como sus gotas arreciaban en tamaño, rapidez y cantidad, y al final, familiarizados con ellas, esperábamos y agradecíamos que su frescor mitigara la alta temperatura. Era, sin duda, nuestra amiga tormenta. Una más del equipo en aquel campamento de arqueólogos.

A primeros de septiembre, sin embargo, los vientos que volaban por encima de los picos más elevados, empujaron hacia nosotros unas formaciones nubosas, deshilachadas y desperdigadas, que aunque tardaron casi una semana en agruparse en una amenazadora borrasca, cuando lo hizo, cubrió de sombras todo el valle. La pequeña tormenta, recortada contra su fondo, a punto de hacerse indistinguible, parecía un simple grumo.
Cuando al fin se desató la tempestad, durante horas y horas de la noche, soplaron furiosamente los vientos de un lado a otro, zarandeando la vegetación y las tiendas, llovió y granizó llenando de riachuelos las laderas, tintando de blanco las cumbres y estremeciendo con duros y secos fogonazos, el ánimo de los más curtidos moradores del valle. El mundo entero pareció desplomarse encima de él y hasta la luna pasó por el cielo de puntillas esa noche. Sin embargo, cuando llegó el alba, todo había terminado. La gran tormenta se había deshecho por completo y el firmamento volvía a ser radiante y azul. Con un aire fresco y curioso, se miraba la cara por sectores, asomándose al espejo de las improvisadas lagunas, en que se habían convertido los charcos.
Por doquier, la violencia del vendaval había dejado un reguero de pequeños estragos entre la población arbórea, derribando o chamuscando a alguno de los más grandes y viejos de ellos. Las tiendas y el equipo de excavación, salvo algún que otro desperfecto sin importancia, habían salido indemnes. La excavación en sí, por culpa del barro arrastrado, era ya otra cosa.
En cuanto a la pequeña nube que aprendía a ser tormenta, empujada hacia el suelo por la presión que ejercía la grande, había visto reducidos sus ímpetus juveniles a una neblina poco firme y vacilante, que se apretaba contra las cotas de la parte más baja y espesa del terreno, en un último, desesperado esfuerzo, por mantenerse unida. Me pareció insignificante y vencida y pensé que en cualquier momento una ráfaga de viento la disiparía, pero mucho antes de que el sol apuntara en lo más alto, había logrado recobrarse lo suficiente para formar un nuevo y pequeño grumo y situarse a unos seiscientos metros de altura, allí donde el aire tendía a enfriarse y, justo en la vertical del centro del valle.
Luego, cuando en las horas de más calor, todo el agua caída durante la noche, empezó a evaporarse formando una espesa columna blanca, como de un humo sin fuego, ella se apresuró a capturarla, a absorberla con diligente avidez y pronto, su pequeña forma compacta, inició un rápido y desmesurado crecimiento. Ante nuestros divertidos ojos, muy pronto duplicó y triplicó sus dimensiones y lo siguió haciendo una y otra vez, en el transcurso de la tarde hasta conseguir ocultar al mismo sol. Ya para entonces ocupaba casi un tercio del cielo, y el valle empezaba a quedársele pequeño. Con las últimas luces del crepúsculo, la vimos ascender en busca de los altos vientos y alejarse con ellos, pletórica de libertad. Nueva y orgullosa, dignamente espesada con penachos de merengue y, nos pareció que era una gran nube. Una nube hermosa e importante, que muy pronto llegaría a ser una imponente tormenta.