Fotogalería

martes, 14 de febrero de 2012

¡Nieve!

¡Ya! Ya está. Por fin hay nieve. Ahora sí. La he visto esta mañana desde el pijama. Es blanca, está fría y no huele a casi nada. Ya ni me acordaba. Claro que la última vez que tuve ocasión de olerla, fue hace tres años y, entonces era una nieve tacaña, huidiza, que a la que te descuida­bas te dejaba esquiando sobre las piedras.
Esta vez, al verla caer después de un otoño veraniego tan largo, he pensado que el cielo tenía un ataque de caspa, o que había explotado una fábrica de porespán en el vecindario, pero no, no era eso. ¡Era nieve!. Nieve como la que tienen los suecos y los lapones. Como la de los rusos y las olimpiadas. Nieve pura, nieve de agua bendita y de cama de pingüino y, toda para noso­tros. Para vestir a nuestra sierra de primera comunión ( No, bueno, en realidad ya está un poco crecida para eso. Mejor la vestimos de otra cosa). Pues... para vestirla de boda, que parecía talmente que iba de casorio y, aún que ella misma fuera la novia de lo blanca y lo mucho que relucía. Hasta piropos le echaba la radio.
Mientras me afeitaba el sueño, los ojos saltones por fuera de la ventana, alba y radiante iba ella, paseándose el paisaje de Morcuera a Guadarrama. Y para tal ocasión, traje de seda blanco con puntilla de granito, hombreras de nata nublada con encaje de musguillo, falda plisada de raso rematada por la greca de unos pinos y unos mitones calados, de escarcha y hielo de vidrio. Adornando su pechera, cual broche de cuarzo y brillo, Malicio­sa, y sobre Cabeza de Hierro, algo distante y altivo, como si no fuera con él la cosa, un velo de nubes perla ondeando al viento frío. Y toda serena y hermosa y toda blanca y en su sitio. Sobre botines forrados con aromas de tomillo, la sierra vestida de gala, ¡espectácu­lo inaudi­to!.
Vamos, que casi me rebano una oreja con la maquinilla, por no estar a lo que estaba. ¡Toma!, para que hagas ripios. La tirita, por supuesto, blanca. La sangre roja y desentonada, como un grito.
La nieve, también lo había olvidado, no se cae del cielo al mundo de golpe y porrazo, como el que extiende un mantel, si no que lo hace por sectores y con paciencia. Es decir, tomándose su tiempo, zurciendo el mantel puntada a puntada y uniéndose, únicamente, al llegar al suelo. Cada puntada se llama copo y, en cada copo (de lo que se entera uno en los libros) baja, tal cual si viniera envuelto en él, un regalo para la tierra.
Por esta razón, igual que la suma de los muchos copos hace la nevada y la suma de muchas nevadas hace un año de nieves, un año de nieves resulta que al final es un año de regalos aunque no rime y, por eso es por lo que el refranero, que es mucho mejor poeta, dice (digo yo), que un año de nieves, es un año de bienes.
¡En la sierra ya huele a telesillas¡
-¿Igual que en los Alpes?
-Igualito.