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sábado, 26 de mayo de 2012

Los Labios (Fragmento de Pec@dos Postales)

Yo no sé si usted será consciente señora mía, de que está en posesión de unos labios sumamente peligrosos, de que con unos labios como los suyos Dalila embaucó a Sansón, Salomé ganó una cabeza y la dulce Helena armó la de Troya. Y es que ha de saber usted que por el beso de unos labios como esos, los hombres se ven impelidos a realizar proezas, van en tropel a las guerras y pierden la cabeza con facilidad... Muéstrese señora mía, salga a la luz del día, donde las cosas se manchan con los colores y donde yo pueda ver bien que ese rojo de fresa que le tiñe de promesas la sonrisa, no es sólo una mentira de carmín...

martes, 22 de mayo de 2012

Así vamos

La Espe, que tiene un afán de protagonismo rayano en la vergüenza ajena es capaz de apagar los fuegos con gasolina con tal de no quedarse calladita y chupar cámara, micrófono, o lo que se tercie. La última es que piensa suspender la final de la copa del Rey, (antes de Franco y antes de la República) si la hinchada vasco-catalana osa silbar, pitar o abuchear, cuando suenen los compases del himno nacional antes del encuentro. Muy bien Espe, hija, tú provoca al personal y monta follón, en lugar de explicar los pufos de Bankia, o las cuentas deficitarias de la CAM que desde hace tantos años gestionas. Por la misma regla de tres, supongo que también habría que suspender cualquier otro partido de fútbol en el que se ondeen banderas con el águila imperial de la época franquista, o incluso con las consabidas enseñas pro nazi, que tantas veces hemos visto, sin que esta señora haya abierto la boca. El fútbol es fútbol, la política es política, los que pitan al himno nacional son unos cantamañanas que deberían pedir a sus clubes que no la jugaran, si tanto les molesta que les entregue la copa el Rey y lo de la Espe, ya digo, puro afán de protagonismo y de distraer la atención de lo que debería estar explicándonos a todos los madrileños.

Así que procuremos no entrarle demasiado al trapo, más que nada para no tener que seguir escuchando sus lamentables declaraciones de arqueopterix disecado en la televisión pública de la Comunidad de Madrid, que por cierto, pagamos entre todos pero que ella monopoliza.

viernes, 18 de mayo de 2012

Mal tratador

Hola Maltratador. Sí, ya sé que tienes tus razones,... las del bestia, las del hombre feroz. Y ya sé que sólo tú sabes lo que es mejor para ella, lo que le conviene y que nadie tiene porque inmiscuirse en vuestros asuntos,… que no tienes por qué dar ninguna explicación. Ya sé que tu caso es distinto, diferente al de los demás mal tratadores y que hay poderosos motivos que justifican todo lo que haces. Tú tienes tus razones,...las del bestia, las del hombre feroz que en el fondo es bueno, pero al que le pierde su genio. Y ya sé que ella es muy cargante y muy lerda y que después de tanto tiempo juntos, ni siquiera te sabe entender con una simple mirada. También sé que ella es tuya, de tu exclusiva propiedad y que tú eres su único horizonte, el único que debe tener porque así son las cosas en la forma de querer de tu corazón. Ella no quiere entender que tú has de ser suficiente en su vida, que eres muy hombre, que siempre lo fuiste y que además todo, todo lo que le haces, se lo haces por su bien. Ella en el fondo, también sabe que tú la quieres, que harías cualquier cosa, cualquier cosa, por retenerla a tu lado. Se lo dices a menudo, mientras se pone agua fría y hielo envuelto en un paño sobre el ojo, sobre el mentón, sobre los cardenales que salpican su piel aquí y allá, como si fueran los besos y las caricias de un amante de metal. Nadie te entiende, nadie quiere comprender tus razones, tus debilidades, o las frustraciones que ella consigue transformar en ira. Así que no todo es culpa tuya, la culpa la tienen la sociedad, los celos, el alcohol, o la maldita falta de dinero. La tienen las metijonas de sus amigas, las cizañeras de sus hermanas, las feministas come cocos, la estúpida opinión pública que de todo hace una moda y se aborrega en lo que le opinan por la televisión. Es verdad, todo y todos tienen la culpa menos tú. En realidad tú, si uno lo mira bien, eres la verdadera víctima de este conflicto, porque nadie se pone nunca de tu parte y nadie quiere escuchar tus argumentos, al contrario, te retratan como a un ser vil y despreciable, te acorralan y tú no haces sino defenderte ¿Qué saben los demás? ¿Quién se cree que es esa opinión pública para meter las narices en tu relación, si no saben lo que tú tienes que aguantar? Además tú eres bueno en el fondo y la quieres y serías capaz de hacer cualquier cosa, cualquier cosa, para demostrárselo, pero entre todos consiguen que acabes volcando tu ira contra ella. Por eso luego te arrepientes y le pides perdón y le prometes que no volverá a suceder, y le explicas eso de que tú eres muy hombre y de que cuando se cuestiona tu hombría te faltan palabras para dar argumentos, pero te sobra genio para quedarte callado.
Menos mal que ahora todo eso ya se acabó. Menos mal que ahora por fin se terminaron los insultos y las vejaciones para siempre, menos mal que ahora conseguiste hacerla entrar en razón, haciéndola sufrir, sí, pero encontraste el argumento definitivo para que no vuelva a suceder, encontraste el remedio, se lo pusiste y por fin hay paz en vuestra relación. Gracias a eso, ya nunca más volverás a degradarte frente a ella por culpa de los demás.
Ahora todo es silencio, un mar de calma. Su boca ya no te reprocha, ni te llama cobarde, sus ojos, esos ojos de azul cielo que un día te robaron el corazón y que te pertenecen, ya no te miran con ese brillo decepcionado, desconfiado y avergonzado de ti. Ahora su cara está serena, su pelo ordenado, sus manos placidamente entrelazadas sobre el regazo, tranquila y segura de que ya nunca más volverás a hacerle daño. Ahora ella está muerta y por fin los dos estáis a salvo de ti.

miércoles, 16 de mayo de 2012

La Muerte (Monologos del Loco- fragmento)

Los muertos, la muerte, únicamente interesan a los vivos. Los vivos nos pasamos la vida hablando de la muerte como si morirse fuera una rareza, o algo espectacular, que nada más pudieran hacer unos pocos osados con buen entrenamiento, y no obstante, a todas horas, en cualquier sitio, hay alguien que va y se muere. No importa que lleve toda la vida vivito y coleando, ni que nadie le haya explicado jamás cómo se hace. La muerte es una cosa autodidacta. Morirse es fácil, cualquiera puede hacerlo sin necesi­dad de realizar un esfuerzo especial o un cursillo por correo, e incluso, para que se vea lo fácil que es, uno pude morirse hasta sin tener ganas. La muerte no tiene nada de especial. ¿Acaso ha visto alguien una empresa de pompas fúnebres que se anuncie diciendo: Muertos de muerte exclusi­va. Muérase con nosotros y deje boqui­abier­tos a sus allegados? Para nada, vamos. Morirse es casi una ordina­riez, un último acto fisiológico y a pesar de ello, no hacemos más que hablar de la muerte y de los muertos. Contabilizamos, numeramos, archivamos y apilamos nuestros muertos. Hacemos catálogos de muertos y de formas de morir y cuando alguien descubre una nueva, corre a contársela a su vecino: ¿Te enteraste?, se atragantó con una bocanada de aire y se murió, por lo visto la respiró tan fuerte que se le fue por mal sitio. ¡Qué original! La muerte siempre es la misma, pero hay muchas clases de muertos y por eso, cada uno, tenemos los nues­tros. Hay muertos que ni nos van ni nos vienen, como los del vecino. Hay muertos desagrada­bles que tampoco nos van ni nos vienen, pero que nos los encontra­mos de sopetón en la calle o en alguna carretera y nos dan el día. Hay muertos de miedo, muertos feos que se mueren asustando, muertos complicados con los que no se sabe que hacer, muertos ocasionales que se cruzan en nuestras vidas durante un rato y de los que nunca volvemos a saber nada. Hay muertos románticos y poéticos, que inspiran canciones en los sepelios, muertos heroicos que se convierten en piedra y se suben a los pedestales de los monumentos, muertos que se nos mueren a todos un poco y a los que enterra­mos con el vello erizado y palabras hermosas. Hay muertos indignantes, muertos que te soliviantan y muertos a los que habría que matar otra vez. Hay muertos inocentes, muertos productivos y muertos inútiles. Hay muertos cómicos, grotescos y muertos de fosa común. Hay muertos de todos los colores y pelajes, de todas las nacionalidades y tamaños, que a todos, en el fondo, ni fu, ni fa. Pero esos no son todos los muertos. Aún hay muchos más.
Hay muertos que te tocan de refilón, como aquella tía Marcela que se fue a Cuba en sus años mozos y que ahora vuelve, como el buen vino, metida en una caja y con sesenta años más. También hay muertos improba­bles, muertos allegados, muertos compañeros que le trastor­nan a uno durante días y luego de pronto, otro día, se cumple el décimo aniversario de su defunción sin que nos hayamos vuelto a acordar de ellos. A partir de ahí, los muertos que quedan, son los muertos del corazón. Del nuestro. Nuestros muertos. Y en ellos hay muertos sentidos tenues, véase el caso de; la pobrecita abuelita que ya era muy mayor y cuya muerte, no por menos previsi­ble, deja de conmocionar y muertos demoledo­res, los muertos en los que uno nunca quiere pensar. Esos muertos que te desgarran a jirones el terciopelo de la alegría, que te contagian su muerte y hacen que tú te mueras en vida. Esos muertos que cuando se imaginan, se apartan de la mente como la más horrible de las ideas y que cuando llegan, lo hacen para quedarse, doliendo en silencio en el centro justo del alma, probablemente durante toda la eternidad.

11 M 2004... y V

Vidas anónimas, vidas rotas, sueños y planes truncados, desmembrados sin criterio y sin piedad, gente sin importancia para el conjunto, equivocados de sitio y de hora. Padres y madres de alguien, hijos e hijas de alguien, hermanos y hermanas de todos en esta puta sociedad, convertidos por la barbarie en mero monumento conmemorativo, en noticia morbosa, en repugnante moneda de cambio de repugnantes políticos, que hasta los muertos han de rentabilizar. Después el tiempo pasa y nadie echa de menos las cosas que pudieron haber realizado, creado, ideado, inventado... descubierto. Ya escribí por ahí que algunas veces, quizá demasiado a menudo, el hombre le sobra a la humanidad.

Tiempo Ladrón

Esta noche he soñado con mi hijo. He soñado que volvía a ser pequeño, que lo estrechaba contra mi pecho en un abrazo que a lo mejor nunca le di y que con un realismo anonadante, podía sentir su cuerpo menudo, dulzón y caliente, abrazándose a su vez a la confianza y a la seguridad que yo le proporcionaba. Tierno y rendido, como si yo fuera la única y la mejor idea a la que uno pudiera abrazarse. Esta noche he soñado que volvía a ser el único habitante del planeta de mi hijo y que todo su mundo empezaba y acababa en aquel abrazo que todo lo abarcaba, que nuevamente no tenía ojos, corazón, ni brazos, más que para mí, y que yo era la montaña de roca más fuerte y segura que podía existir. Esta noche, durante un rato, he vuelto a tener entre mis brazos al niño que ya creció, a aquel pequeño ser de inmensa ternura que el tiempo me robó.

martes, 15 de mayo de 2012

11 M 2004 IV

Inés Linares tenía claustrofobia y por eso se levantaba una hora antes de lo necesario y acudía caminando hasta su trabajo. Inés Linares prefería darse el madrugón a tener que subirse a un autobús atestado, o a tener que sumergirse en las angosturas del metro. Si esa mañana había faltado a su costumbre, había sido porqué tenía que ir al médico y se había podido levantar casi dos horas más tarde. Cuando salió a la calle, lucía el sol pero la consulta de su médico quedaba demasiado lejos como para ir andando y supuso que pasada la hora punta, el tren de cercanías no iría demasiado lleno. Inés detestaba tener que ir a aquellas revisiones ginecológicas, pero sabía que en su caso era importante. Inés estaba en su cuarto mes de gestación y había sufrido algunas perdidas que aunque más alarmantes que otra cosa, no convenía dejar de revisar. Inés se sentía como un viejo coche al que no le acabaran de poner el motor a punto. Pero todo merecía la pena con tal de llevar su embarazo a buen fin. Inés deseaba aquel hijo más que ninguna otra cosa en este mundo y aceptaba de buen grado cualquier molestia, porque sabía que no existía recompensa sin sacrificio. Nada era gratis en esta vida y por eso esa mañana ella debía coger aquel tren de cercanías aunque la idea le repateara.

domingo, 13 de mayo de 2012

11 M 2004 III

Algunas noches se las pasaba en vela, amasando palabras, sacándole punta a los adjetivos para construir mentalmente frases, embargado por el mismo espíritu del cazador que tensa su arco y afila sus flechas en la oscuridad de la cueva, y luego saltaba de la cama con el sol y se echaba a la calle con cinco o seis parrafadas dispuestas y montadas como si en cualquier momento el idioma en su boca pudiera transformarse en un arma destructiva.
Ángel Cruz Vivar que con ese apellido a lo mejor descendía del mismísimo don Rodrigo, odiaba a casi todos y a casi todo con un orden de preferencia que empezaba por el Encargado de la obra en la que trabajaba, seguía por los políticos, los banqueros, los abogados y los del Real Madrid, para luego ya continuar sin un orden concreto con la comida americana, las navidades, los perros que se cagaban en la acera, los jóvenes que se tatuaban el cuerpo y se taladraban las orejas y con la sociedad y la humanidad en definitiva y por lo tanto, con su propia vida. Ángel Cruz Vivar en realidad odiaba su propia existencia, su propio fracaso frente a la vida, pero era incapaz de echarse la culpa.
Las primeras palabras de aquel día las cruzó con el camarero de la estación de Nuevos Ministerios cuando le pidió el café.
-Solo y muy cargado, sin azúcar... y dos porras si están recientes.
Las porras y los churros había que tomarlos recién hechos y el café como su propio nombre indicaba: caliente, amargo, fuerte y escaso. Ángel Cruz, odiaba a los camareros que no sabían hacer correctamente el café.
La segunda frase de aquel día, se la dedicó a la mujer que le vendía el periódico todos los lunes desde hacía diecisiete años.
-El Marca. -Pidió lacónicamente mientras ponía una moneda sobre el mostrador.
Gracias a aquel diario deportivo Ángel Cruz odiaba los lunes un poco menos, aunque aún así, seguía siendo el día que más detestaba. Por alguna razón que nunca había entrado a analizar los lunes, el mundo, la vida, le parecían el súmmum de la mierda. Con el periódico plegado bajo el brazo, se subió al mismo vagón de todos los días, se sentó donde pudo y ya no volvió a decir nada hasta que al ir a bajarse en Atocha un hombre de color con evidente temor de que el tren se fuera sin él, se había precipitado al interior del vagón y en su querer entrar antes de dejarle salir, le había golpeado en el hombro sin ni siquiera parar a disculparse. Aprovechando que las puertas se cerraban con uno de cada lado, Ángel le había gritado una de las cinco frases que se había preparado para aquel día:
-¡Si tu madre te llega a parir un poco más imbécil, naces tía!


Después de aquello Ángel Cruz Vivar, que en todo caso debía descender de la pata derecha del caballo del Cid, se sintió mucho más reconfortado, como más seguro de sí mismo y de su importancia en el mundo y desde luego muchísimo más respetado.

11 M 2004 II

Malela tenía ese nombre que parecía de miel sólo entre sus amigos. Luego, en su casa y en el resto de su tiempo la llamaban como la habían bautizado, Rafaela. Rafaela era guapa, impulsiva y curiosa, y la gobernaba un espíritu altruista y confiado. Cuando Rafaela era Malela, se vestía de manera diferente, hablaba de manera diferente y hacía cosas que en su casa nunca hubieran imaginado ¿ O sí? Quizá su madre sí...,pero su padre desde luego no. Él seguía viéndola como la niña de las coletas que tenía enmarcada encima de la mesilla. Pero Malela había crecido, estaba en primero de periodismo y cuando no era Rafaela tenía un medio rollete con un vecino de dos calles más arriba de su casa, que trabajaba de mozo de almacén en el Carrefour de Alcobendas. Algunas mañanas coincidían en el tren y como ya se conocían de vista habían empezado a charlar, a sentarse juntos,... a esperarse. Joseba era simpático, ocurrente y llevaba un zarcillo en una oreja que le daba aire de pirata romántico. Joseba trabajaba todos los días menos los domingos, pero gracias a eso se ahorraba el gimnasio y cuando acabara el año, se iba a poder comprar la moto de sus sueños. Una Honda CBR, o BCR, Malela nunca lo rocordaba por más que él se lo repetía.
-Mira niña que no te monto en la moto hasta que no sepas como se llama- le amenazaba y ella se reía y le llenaba la cara de besos.
Los domingos por la tarde, como era el día que Joseba libraba, lo pasaban sin acercarse al tren, a menudo sin salir del barrio, haciendo planes para cuando tuvieran la moto.
-Al primer sitio que te voy a llevar es a Denia. De un tirón. Mis viejos me llevaban a mí a veranear allí cuando era pequeño y conozco un montón de sitios que lo flipas. Y tirados de precio. Y desde allí, luego nos podemos pillar un barco y cruzarnos a Ibiza.
-No sé yo si mis padres me dejarían ir.
-Si les dices que te vas a Ibiza en moto, desde luego no lo creo ¿No puedes decirles que te vas a casa de una amiga, ...y en el autobús, claro?
-Yo a mis padres paso de mentirles. Si me dejan por las buenas, vale, y si no, pues nos hacemos excursiones de un día por aquí cerca.
-Eso, a la sierra, que mola. Tú te vestirás de Caperucita y yo seré tu lobo.
-¡Ja! Qué te lo has creído. Yo me vestiré de loba y tú serás mi corderito.

La parada de ella se acercaba y se dieron un beso antes de que Malela se levantara para situarse en la plataforma, frente a la puerta. Cuando el tren paró, y esta se abrió, se miraron una vez más, cómplicemente.

martes, 8 de mayo de 2012

11 M 2004

Lali Titanes estaba casada por el judgado con el ciudadano armenio Tadesca Barsakristos y desde hacía dos año residía en un barrio periférico de la capital de España. Había llegado allí tras un largo periplo de camiones y fatigas, pensando que le aguardaban un trabajo y un futuro mejor, y ahora sólo sabía que podía dar gracias por no tener que prostituirse como la mayoría de sus compatriotas. Lali no sabía a qué se dedicaba su marido, aunque le veía salir a trabajar a horas intempestivas y volver a veces magullado. Ella ni siquiera preguntaba. Se limitaba a limpiarle las heridas y a prepararle un baño de agua caliente porque no tenía sentido alguno entrar en disquisiciones morales. La subsistencia era demasiado precaria, la vida demasiado dura y no habían llegado hasta allí para acabar peor de lo que estaban en Armenia. Ella confiaba en su marido, en su instinto y habilidad para poner todos los días algo de comida encima de la mesa. Tadesca tenía mil formas de conseguir dinero y aunque intuía que todas ellas eran ilegales, no por eso dejaba de respetarle con algo de veneración. Tadesca nunca se quejaba, nunca tenía miedo, nunca desfallecía. Era duro como sólo es duro y empecinado el instinto de supervivencia. Había luchado en Yugoeslavia, traficado con armas en la frontera de Turquía e introducido drogas en Italia, antes de recabar en España y montar su propio grupo organizado de robo de vehículos de lujo. Ellos los localizaban, los sustraían y los ponían fuera del país en menos de seis horas. A veces incluso antes de que el dueño lo denunciara. Sin embargo de todas estas cosas Lali Titanes oficialmente no sabía nada. Por lo demás Tadesca era considerado con ella, casi cariñoso desde su lejanía como si algún oscuro resquemor, alguna gran tristeza enquistada le impidiera serlo más de cerca. Tadesca debía de haber padecido tanto que no lo podía ni contar.
Jamás se le ocurrió pensar que pudiera haber matado a alguien. Ni siquiera creía que pudiera tachársele de ser una mala persona, y por eso se quedó tan de piedra cuando el policía que llamó a su puerta a las seis de la mañana le explicó que le buscaban por asesinato.
-Por asesinar a una mujer de cincuenta años, para robarle el coche. La sacaron de él y la tiraron a la calzada cuando pasaba un autobús. La cámara de seguridad de un banco lo grabó todo.
Aún así Lali Titanes decidió actuar con lealtad.
-Pues él no está en casa. Hace dos días que no viene a dormir.
-Nos lo imaginábamos. Y supongo que tampoco sabrá dónde podemos encontrarle.
-Nunca me dice nada. No se lo qué hace, ni qué sitios frecuenta.
-¿Cuándo lo vio por última vez?
-El jueves por la mañana.
-¿De dónde es usted?
-De Armenia
-Habla bien nuestro idioma ¿Lleva mucho tiempo aquí?
-Sólo dos años.
-Supongo que tendrá sus papeles en regla.
-¿Quiere verlos?
-Otro día quizá. Hoy tenemos un poco de prisa.
-Como quieran.
-Nos vamos. Y por favor no olvide decirle a su marido que hemos estado preguntado por él y que agradeceríamos que nos devolviera la visita. Si no ha sido él no tiene por qué temer nada.
-Lo haré, descuiden.
-¿Tienen ustedes hijos?
-Aún no. No esta la vida para traer niños al mundo.
-Claro, claro. A nosotros no los va usted a contar. En fin señora, lo dicho. Que pase usted un buen día.
-Lo mismo les digo.
Lali esperó a que se cerrara la puerta y enseguida se encaminó hacia el dormitorio. Una vez allí, se dirigió a la ventana y corrió las cortinas de par en par.
-¡ Tadesca!- apremió sin mirarle mientras subía la persiana.- Levántate que te vas de aquí. Para entonces Tadesca ya se había sentado en la cama de un salto.
-¿Qué pasa?
-Pasa que te has cargado a una vieja y que te vas de aquí ahora mismo. Ya te advertí que nada de putas, drogas o sangre. Haz tu maleta.
Tadesca no dijo nada. Se limitó a orinar estrepitosamente en el baño y luego a obedecer. Antes de cinco minutos tenía listo el equipaje. Tampoco tenía demasiadas cosas que guardar.
-¿Qué va a ser de ti ahora? ¿De qué vivirás?
-Aceptaré ese trabajo por horas de asistenta. Para mi sola llegará.
-Te mandaré dinero cuando pueda.
-Ten cuidado al salir, no te vayan a estar esperando.
-Siento que esto acabe así.
-Debiste haberlo pensado primero.
-Fue un accidente, Lali, nadie vio llegar al autobús.
-Eso no es una excusa. Debisteis haberos asegurado antes de empujarla a la calle.
-Nadie la empujó. Ella sola se arrojó del coche llena de pánico. Debió pensar que queríamos raptarla o violarla. Esas ricachonas son todas unas histéricas. Si nos hubiera obedecido, hasta la habríamos dejado en la puerta de su casa.
-Entonces simplemente fallasteis como unos principiantes. Lo siento Tadesca pero no quiero correr riesgos contigo. No me gusta tu vida y no quiero acabar como tú.
-¿Volveré a verte?
-Nada volverá a ser igual. El padre de mis hijos no será un asesino.
-Me había acostumbrado a quererte.
-Pronto me olvidarás. Cambia de país, trata de llegar a Sudamérica y el tiempo hará el resto.
-Sí, otra vez. Ya me sé el proceso.
-Adiós Tadesca.
-Adiós Lali.
Tadesca salió con cautela y se encaminó sin pararse hacia la estación de Pozo Blanco. Eran las seis y veinticinco de la mañana.