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domingo, 23 de septiembre de 2012

¿Evolu,... qué?

"Es imposible que el hombre provenga del mono, los monos son demasiado buenos". Lo decía Nietzsche y tenía más razón que un santo, aunque él fuera ateo y hubiera matado a Dios. Así que Darwin era un pobre iluso que a lo mejor sabía mucho de especies animales, pero no tenía ni puñetera idea de cómo es el ser humano. ¿Tanto viaje, tanta observación y tanto estudio, y no se dió cuenta de que no hay en todo el reino animal ningún otro ser capáz de cometer actos tan abyectos como los que comete el "Rey de la Creación"?. Me parece a mí que el señor Darwin, en Londres, miraba muy poquito a su alrededor.

martes, 11 de septiembre de 2012

Memoria genética (fragmento de Monólogos del Loco)




¿Quién dice que no soy amigo de los libros? Que yo asegure, doctor, que ya no leo, no significa que no sepa valorar la importancia que tienen los libros. Sin ir más lejos, ese grueso manual de psicoquinésis que tengo sobre la mesilla, me resulta utilísimo para alcanzar el altillo del armario y el María Moliner de dos tomos, me es imprescindible para plan­char­me los pantalones. Yo no puedo vivir sin los libros, doc. Aunque no me enseñen nada nuevo, con lo que ya saben, me llega. Por eso los cojo de la bibliote­ca. Por lo demás, todo cuanto necesito saber lo tengo archiva­do en mi memoria. Yo ya era alguien en algún sitio cuando el universo se hizo transparente y mi recuerdo abarca la historia de la evolución de princi­pio a fin y arroja la luz del día en la noche de los tiempos. En el origen. ¿A qué cree si no que me refiero cuando le digo que yo soy la memoria? ¿Al álbum de fotos? No me haga tan simple, doc. Yo soy la evolución y he llegado al final del camino. Soy el ser evolucio­na­do. La meta por la que han existido miles de especies y millones de seres a lo largo de cuatro mil quinientos millones de años y tengo a todos y a cada uno de ellos impreso en mi genoma. En mí mismo, he sufrido, sentido y asimilado todas las experien­cias, todos los instintos y todas las ideas que pueda albergar la vida y de ahí que los libros ya no me cuenten nada nuevo. Yo en cambio, podría contarle a usted que he muerto y renacido billones de veces, que puedo ver un gorrión volar y saber lo que se siente, que puedo ver a un ratón huir y compren­der su miedo. Yo puedo sentir la sensación que embarga a una hormiga inmersa en su miga de pan y en su metro cuadrado de mundo, sabiéndose unida por un código de impulsos eléctricos y de feromonas, al resto del hormigue­ro. Puedo recordar sin dificultad la voluntad animal que desata el afán de procreación, evocar la fuerza con la que una vez me dominó a mí. Puedo en definitiva, comprender y recordar cualquier reacción u acción del mundo animal que me rodea, porque en todo cuanto hacen siempre hay algo, un mensaje atávico, que me resulta familiar. Desde aquel caldo primigenio de cultivo en el que se cocinó la vida, en el que yo no era más que una torpe célula que se escindió para ser dos, hasta hoy, todo está fresco en mi memoria. Sé que una vez no fui nada más que mero instinto, igual que lo fue usted, igual que lo fueron todos los demás, pero a diferencia del resto, yo sí puedo recordarlo.
Aún guardo frescas las vagas sensaciones de mi existen­cia reptiliana, aquellas reacciones simples, inmediatas, sin antes ni después, en las que un instinto básico y bruto, era lo más parecido a tener un senti­miento. Más que vivir mi vida, entonces la contemplaba y el resto del tiempo permane­cía absorto en una estar obtuso y vegetativo, en una consciencia sumamente ambigua de mí mismo y de mi condición, durante la cual ni siquiera el tiempo pasaba. Sólo era un no concepto de nada, espeso, la no conjetura resumida en un escueto código de reflejos condi­cio­nados que gobernaba mi cuerpo escamo­so. Olores, sonidos, hambre, hume­dad..., sensacio­nes que no tenían nombre, sino un impulso asociado que me hacía moverme, cazar, o luchar por una hembra. Yo una vez fui una burda bestia de pantano que mató para sobrevivir, sin ni siquiera saber porqué lo hacía. Y usted mismo, doctor, aunque no quiera creérselo, en algún rincón de su cabeza una vez no fue más que un patético macaco, que por diferentes razones, babeaba varias veces al día y se untaba el cuerpo con sus propios excre­mentos. Es duro tener que admitirlo, ya lo sé, pero en conciencia no puede negárselo sólo porque hayamos saltado ya al siglo XXI. Esa parte también es usted y debería, no simplemente recordarla, sino tenerla bien presente. Únicamente así se puede alcanzar la plena integra­ción cósmica. Yo soy la plenitud del cosmos, la memoria del génesis y de su historia. Yo soy su conclusión y nada nuevo habrá después de mí. Soy el ser ultra evolucionado, el Superser que no se enchufa. Por eso, entre otras cosas, soy inmune a las enfermeda­des, a las intoxicaciones y probablemente a la vejez. Además, puedo respirar debajo del agua y de cualquier otro líquido sin límite de tiempo. Yo ya era Yo en algún sitio, cuando el universo se hizo transparente.

viernes, 7 de septiembre de 2012

De políticas y dimisiones




A mí se me ocurren un trillón de razones por las que los políticos deberían dimitir en pleno, e ir entrando por la puerta de una cárcel turca en fila india con los pantalones bajados. Es más, se me ocurren otro trillón de motivos por los que a los políticos habría que apartarlos de la sociedad, como se aparta un cubo de basura, o de residuos tóxicos, y sumergirlos en bidones en el olvido de la fosa de las Marianas. Ninguno de ellos vale lo que se come, ni el aire que respira y el simple hecho de que se crean capacitados para dirigir al resto de sus semejantes, debería ser motivo más que suficiente para que los encerraran en un frenopático sine die. Por ejemplo, la imbécil de Esperanza Aguirre, que es tan imbécil que ni siquiera le alcanza para ver lo imbécil que es, quiere matar a los Arquitectos que hacen obras que no le gustan, (a ella) porque esas obras permanecen más allá de la muerte de los Arquitectos. Si esto es lo que dice de los Arquitectos, habría que ver lo que le gustaría hacer con los anti sistema, los que no son del PP, los separatistas, los inmigrantes, etc. . O sea, una puta nazi con uniforme Chanel y con una lengua que si se la muerde se envenena, es lo que preside la Comunidad de Madrid. Muérete tú, Esperanza Aguirre de los cojones, no te jode. En cualquier otro país que no fuera de charanga y pandereta como este, a estas horas estabas más que dimitida, y muerta y enterrada políticamente de por vida. ¿Cuál es tu legado? ¿Un fondo de armario que le has copiado a Margaret Tatcher y que te hemos pagado entre todos?. Pues te queda como el culo, que lo sepas, cursi y repolludo a más no poder. Pero no era de la dimisión de esta lamentable política de la que yo quería hablar hoy, sino de la de otra que es Concejala en Yébenes, que se llama Olvido Hormigo, que grabó un video privado erótico para su marido y que alguien, no se sabe como, ha terminado subiendo a internet. La cosa está entre un futbolista de quinta regional, con fama de mujeriego, amigo suyo y el propio Ayuntamiento, a través de sus cuentas de correo (creo que ella es sociata y el alcalde del PP). La reacción contra ella ha sido contundente. Puta, Zorra y Guarra, son las cosas más suaves que ha tenido que escucharse esta mujer por parte de las amas de casa ávidas de hoguera pública, en el pleno del Ayuntamiento, al que acudió para presentar su dimisión, en vista de la que se había montado. Ni se te ocurra dimitir por eso Olvido. No por un atajo de estúpidas hipócritas de banco de iglesia, menopáusicas y pre menopáusicas, rancias, envidiosas, y con salva slips para pérdidas de orina. ¿A qué tarado estético le gustaría ver a una marujona de carrito de compra a cuadros y paraguas chillón, en un video erótico casero privado? Exacto, ni a su propio marido, borracho de desesperación por haber perdido las gafas. La vida privada de cada cual, es la vida privada de cada cual y la tuya no iba a ser menos.
Eso sí, puestos a querer dimitir, no te resultará difícil encontrar otros motivos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Bolinaga




Asesinó a tres personas sin darles opción a defenderse, las dejó tiradas en la acera encima de un charco de sangre y expuestos al morbo público de los noticiarios. También mantuvo secuestrado en una caja de zapatos de hormigón, escondida bajo el suelo, a un semejante, durante quinientos treinta y dos días con sus noches, sin inmutarse, sin demostrar un ápice de piedad, de respeto, o de humanidad y ahora dice que quiere que le saquen de la cárcel -donde vive podrido pero sin arrepentirse, ni pedir perdón-, porque está muy enfermo y quiere irse a morir con dignidad a su casa.

Vivir para ver... y para oír.