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sábado, 24 de noviembre de 2012

Nikola Tesla.

Jur, jur, jur, una vez escribí por algún sitio que había conocido a una persona tan inteligente que era capaz de entender el recibo de la luz. Lo hacen adrede, me aclaró después, así no te enteras de lo que te cobran porqué en realidad te cobran lo que les da la gana. Lo mejor es dar la lectura del contador tú mismo cada mes, y así evitar las lecturas estimativas que, cuando se reajustan, dan pie a todo tipo de abusos. Da igual si hablas de Iberdrola, Endesa, Gas natural Fenosa, Unelco, o la que sea. Todas son lo mismo, es decir el mismo monipodio acordado, pactado y monopolizado por los mismos señores que salen en los anuncios de la tele, diciendo que todo lo que hacen lo hacen por tu bienestar y por el medio ambiente. ¿Pero se puede ser más cínico? Si todos ellos saben que hoy en día, tecnológicamente ya es posible poner en marcha la ciencia que nos avanzó Nikola Tesla y obtener energía eléctrica gratuita de la propia tierra de forma ilimitada. Y de ahí a la automoción eléctrica un paso, y de ahí a mandar el petróleo al baúl de los recuerdos, otro paso, y de ahí a la contaminación cero, un pasito más, este muy cortito, y finalmente, de ahí a estrangular a la gallina de los huevos de oro de los dueños de la energía, el tiempo que nosotros tardemos en despertar y en empezar a exigir a nuestros gobiernos que inviertan en esa tecnología a muerte, en lugar de reducir cada vez más los presupuestos de investigación y desarrollo, haciéndole el caldo gordo a los vendedores de humo, que cada vez nos suben más el recibo. Dejaríamos de ver postes y torres eléctricas y cables por doquier y zanjas y... eso es, hablo de la energía eléctirca wifi,… ya digo, Nikola Tesla, murió en 1943, olvidado de todos y desprestigiado por los mismos vendedores de humo. Además tenía bigote y a mí los inventores con bigote, siempre me han inspirado mucha confianza.
Escúchenle.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Cinco lobitos...

!Les voilá, mes enfants¡ No son lobitos, son pincher aunque parecen pirañas.
¿A qué molan?

¿Viva la gente?

Cuanto más conozco a la gente, más me gustan las personas.
Es decir, que no por mucho marsupial amanecen más canguros, ya que no es lo mismo un esquí mal colocado, que un esquimal colocado. Ni parecido, vamos. Pero es que tampoco es lo mismo, coger y echar a andar por la calle de Claudio Cuello, que coger a Claudio por el cuello y echarlo a andar por la calle. Como tampoco es lo mismo, María, pon al fresco el besugo, que María ponte fresca que ahora subo.
No nos empeñemos, no tiene nada que ver, suena parecido, pero hay abismos de neuronas entre los dos conceptos. La gente es una cosa amorfa, sin cara, de aspecto colorido e intención inespecífica, -(¿hacia dónde coño va la sociedad?) -sujeta a un raciocinio y comportamiento ajenos, imbuidos, políticamente correctos y a poder ser conformistas. Las personas, en cambio, son mundos, galaxias y universos de opinión, de ideas propias, de criterio, de formación. La gente es biblioteca pública y las personas son libros. Las personas tienen enjundia y la gente sólo prisa. Las personas miran a los ojos, la gente no tiene mirada. Las personas compran, la gente consume. La gente transita, las personas pasean.  La gente imita, las personas aprenden. La gente molesta, las personas acompañan... Y lo peor de todo es que la gente nunca se muere y que las personas, sí.
Yo apuesto por la persona, antes de que el Sistema acabe por diluirla del todo en pro de la masa ciudadana, apuesto porque crezcamos y nos desarrollemos más en el concepto persona que en el de gente, porque  dejemos de ver a los demás como un bulto de carne y, sobre todo, porque dejemos para los cabreros las doctrinas propias de los rebaños.



viernes, 9 de noviembre de 2012

LLuvia (fragmento memoria del elefante)

Sudán, barro en Jubala. 2 002.
Durante el año anterior y pese a que todos miraran también insistentemente al cielo, no había llovido en Sudán. A pesar de que entonaran cánticos y oraciones estratégicas y noche tras noche danzaran ofrendas hasta el amanecer, en todo el año no había caído una sola gota al suelo que no fuera de sudor y, el futuro, se cernía sobre el país con cara famélica y sombra alargada. Las cosechas de algodón, sorgo, maíz... los rebaños de ganado, el trigo, el mijo, la goma arábiga... las llanuras salpicadas de osamentas de antílope y de ñu, de hambre en esqueleto, de barrigas abultadas y desesperanza. Ese año también tocaba sed, y con él ya irían tres. Así que resignación en la mirada hiriente, ribeteada de moscas, de niños y animales, resignación en la tierra reseca, en su piel resquebrajada a cuchilladas por el sol, de ese sol de justicia que nunca imaginé que pudiera calentar tanto. El aliento de África era un horno de polvo, un polvo de insectos y enfermedad, que se masticaba indolentemente a la sombra de las acacias.
Trabajábamos de noche, a la caída del sol o a primeras horas del amanecer, alumbrados por grupos electrógenos que retumbaban en cientos de metros a la redonda y atraían a una muchedumbre silenciosa, insomne, que nunca se cansaba de mirar como desenterrábamos su pasado. Luego, durante el día, permanecíamos en las tiendas, sin movernos para no sudar, soñando con una cerveza fría, con un paisaje nevado, con un simple cubito de hielo sobre el que poder patinar. Eso no era calor, el calor es otra cosa.
Sin embargo a mediados de mayo, al mismo tiempo que terminábamos de desenterrar a un segundo celacanto, mayor y mucho mejor conservado que el primero, rompió a diluviar. Así, por las buenas. Sin que hubiera llegado la época de lluvias. Como si después de tres años de sequía una mano misteriosa hubiera juntado allí todas las nubes del mundo y las hubiera exprimido de golpe sobre la incrédula tierra.
Por la mañana, el cielo había empezado a embalsar oscuros nubarrones de pucheros y estos habían ido espesándose paulatinamente a lo largo de las horas, hasta tapar por completo el color azul. Después se habían puesto negros, fieros y amenazantes, y por último, mientras brindábamos con agua hervida la alegría del segundo celacanto, el cañonazo de un trueno había roto el aire, el aire la balsa de nubes que contenía los pucheros, y el cielo había empezado a vaciarse.
Pero no llovió con mansedumbre, ni con bondad. No llovió con monotonía, ni con provecho. No cayó agua como en las páginas de Cien años de soledad, ni como en las de Mazurca para dos muertos. No llovió como cuando llueve de caricia sobre los hombres y los campos y el agua mima la vida y la renueva. No llovió como una lluvia amiga que viniera a humedecer el aliento del aire o a hidratar la piel abierta de la tierra. Ni siquiera a ahogar las moscas, la sombra alargada... la indolencia. Aquel año sencillamente, llovió como si nunca hubiera hecho falta que lo hiciera. Y parecía mentira que el cielo pudiera sufrir tanto, que pudiera gimotear sin prisas durante meses enteros, haciendo pucheros y más pucheros sin parar. Jamás la desesperanza, me empapó de esa manera.
Imposible trabajar. De pronto todo era barro. Las planicies se transformaban en espejos ondulados, en reflejos de cielo oscuro salpicados de árboles sin raíz, simétricos por arriba y por abajo. Las débiles cosechas, los caminos, el cauce de los ríos,... todo se borraba. Se desmoronaban las chozas como terrones de azúcar a los pies de la miseria. La gente y los animales huían buscando cobijo a la intemperie de las zonas altas. Trepaban a los árboles, a los tejados, se ahogaban... Se iban con el ímpetu de la desesperanza, sin querer, sin poder hacer nada... y aquello fue sólo el principio.
Acabó mayo, continuó el aguacero en junio y en julio no dejó de diluviar. Y cuando julio terminaba y ya estábamos aburridos de vernos la cara en los charcos del suelo, el cielo de agosto siguió haciendo espejos, pucheros y barro como si no hubiera consuelo para su desgracia. Al empezar septiembre ya nadie aguantaba más. Para entonces no quedaba una sola cosa seca en el campamento y nuestra piel y nuestro espíritu estaban tan arrugados como nuestra ropa. Mirábamos hastiados a las nubes y aunque estábamos convencidos de que tenía que escampar de un momento a otro porque era imposible que pudiera seguir lloviendo, penas nuevas empujaron a las viejas y continuaron cayendo llantos del cielo a lo largo de todo septiembre.
Erembebe Tananí, el jefe de uno de los poblados de los alrededores, hombre que ya nos era harto familiar por sus constantes trueques y limosneos, apareció una tarde envuelto en un ruido de pífanos y tambores infernal, escoltado por una nutrida embajada de desnutridos guerreros. Con gran pesar de su corazón venía a comunicar que los dioses de su tribu estaban furiosos con ellos por haber dejado que unos extranjeros hoyaran el suelo de su cielo, abriendo aún más la distancia entre ambos y que por eso enviaban aquel diluvio para llenarlo. El Poderoso Embebe Tananí personalmente, había estado toda la noche hablando con los dioses, bebiendo potingues mágicos y canturreando salmodias para mejor conectar con ellos, y así hacerles comprender que no albergábamos malas intenciones, pero los dioses se habían mostrado irónicamente impermeables respecto a este punto. Todo aquel agua por tanto, era sólo para impedir que siguiéramos haciendo agujeros con nuestros palos de hierro y en conclusión, no teníamos más remedio que dejar de excavar.
Después de llevar meses sin hacerlo no nos supuso esfuerzo alguno darle gusto. En realidad nos hubiéramos ido de allí hacía tiempo de haber podido circular hacia cualquier sitio y lo que menos nos apetecía era tener un conflicto tribal. Cuando el jefe comprobó que los grupos electrógenos estaban silenciosos, arrugados también bajo sus lonas y que nadie picaba en los tajos, prorrumpió en exageradas lágrimas y gestos de agradecimiento como si ya hubiera escampado y con la misma escandalosa parafernalia que había precedido su llegada al campamento, desapareció con su cortejo bajo la lluvia.
Entonces el cielo se abrió. Se hizo un súbito agujero en su piel de elefante y el sol bajó a bañarse en los  los charcos durante una larga tarde de arcoiris, sólo una. Después la cortina de agua se abatió con fuerzas renovadas sobre los pies descalzos de África y el suelo embarrado que le servía de colchón. Sobre su miseria y su hastío, sobre la indiferencia del mundo y el preludio de las plagas. Cuando la comida se hizo escasa estalló la violencia entre las tribus vecinales y la situación del equipo empezó a peligrar.
Lluvia roja en Jubala. Muerte esparramada por sus laderas, charcos de sangre en los charcos de barro, miedo con olor a aire sobre la cabeza. Tan sólo cuatro días bastaron para que el tiempo envejeciera en la mirada de los niños, para que resultara imposible imaginar que alguna vez la alegría pudiera haberse paseado por ellas. Impotencia y rabia. Algunas veces, el hombre, le sobra a la humanidad.
Cincuenta días después el Poderoso Tananí volvió al campamento. Demacrado y sin séquito, inspeccionó la maquinaria siempre inactiva y luego intentó con mil ruegos que aceptáramos a tres de sus hijos como regalo, para que así pudieran comer. Aceptamos al más pequeño y seguimos negociando largo rato. Por último, dándose por vencido, la cara entre las manos, las manos llenas de lodo, el jefe se marchó sin saber qué sería de los otros dos. En su poblado hombres y mujeres rezaron desesperados, rogaron a sus dioses que no les castigaran más, que secaran sus ropas y sus lechos... ,que les devolvieran el sol. Sin embargo los dioses no estaban y el sol no volvió a aparecer ese mes, ni al otro, ni al otro... ni después. Únicamente, cuando todos nos hubimos resignado a vivir para siempre debajo de un paraguas, cuando todos nos hubimos olvidado de qué color era el cielo y el último de los incrédulos quedó convencido de que nunca dejaría de llover, cuando ya nos daba igual que lo siguiera haciendo eternamente o no, porque ya no llovía ni desesperanza, sólo entonces, el diluvio cesó. Y todos vimos volver al sol, vago y cicatero, como si ya no fuera el astro de aquel cielo, como si ya no fuera grande ni caliente, sino un simple rescoldo lejano de la hoguera de las vanidades.